Mir liegt es am Herzen, dass ich mich auf die Arbeit konzentriert habe und dass ich allein in den Urlaub fahren musste – Im Prinzip respektierte ich meinen Raum… Aber ich hatte keine Angst davor, weil ich nicht wissen wollte, was du gerade gemacht hast. Als es weiterging, begrüßte mich die Sangrekara

Nachdem Sie sich entschieden haben, dass Sie „allein spielen“ müssen, haben Sie sich jetzt schon mit diesem Gespräch beschäftigt?

La mujer dio un paso atrás.

— Debería subir a la habitación.

Daniel kam sofort zu ihm.

— Emily, espera.

Emily.

Ahora tenía un nombre.

Odié la dulzura con la que lo aussprechen.

Como si los sentimentos de ella importaran.

Los seguí hacia el hotel.

Keine bestimmte Absicht.

Dentro del ascensor, nadie habló.

Daniel miraba al suelo.

Emily cruzó los brazos.

Ich halte es für notwendig, dass ich in die Taschen meiner Tasche gehe.

Als Emily die Türen des Aufstiegs verließ, verließ sie ihre Wohnung bis zum Schluss des Pasillo.

Daniel la siguió.

Ich auch.

Ella abrió la puerta.

In dem Moment, als ich anfing, war alles klar.

Había dos maletas junto a la cama.

La maleta negra de Daniel.

Y una gran maleta color

crema a su lado.

Había ropa de mujer colgada dentro del armario.

Dos cepillos de dientes estaban en el baño.

Dos tazas de café estaban sobre la mesa.

Aquello no había sido un encuentro casual.

No era ningún malentendido.

Habían venido juntos.

Miré a Daniel.

— ¿Desde cuándo?

Cerró la puerta.

— Laura…

— ¿Desde cuándo?

Emily apartó la mirada.

Daniel tragó saliva.

— Ocho meses.

Ocho meses.

Diecisiete años de matrimonio reducidos a ocho meses de mentiras.

Me sentí extrañamente tranquila.

— ¿Ella sabe que estás casado?

Emily respondió antes de que Daniel pudiera hacerlo.

— Sí.

Me volví hacia ella.

— ¿Y eso no te molestó?

Su rostro se tensó.

— Me dijo que vuestro matrimonio ya había terminado.

Volví a mirar a Daniel.

No dijo nada.

Ese silencio lo decía todo.

— ¿Había terminado?

— Laura, las cosas entre nosotros no han ido bien desde hace mucho tiempo.

— Qué curioso. Nunca mencionaste eso mientras comías las cenas

perdonarla.

Pero le creí.

Entonces se marchó.

La puerta se cerró.

Daniel y yo nos quadamos solos.

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